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El Náufrago Cosmopolita

La otra isla del tesoro

La otra isla del tesoro Confieso no haber leído la novela de Stevenson. Pecado de náufrago. Hay libros que si se escapan en la juventud es difícil que vuelvan, aunque si lo hacen, su efecto puede ser retroactivo como un boomerang vigorizado y reprimido. Así me pasó con Robinson Crusoe, que terminé en un tren de enero, de noche, en esas lecturas solitararias e invernales que observadores como Edward Hopper traducirían en cuadros. Me enrolé entonces, en aquel vagón casi vacío, en los naufragios, en un naufragio de salón, sí, y voluntario también, como el de Alexander Selkirk, el marino que pidió que le abandonaran en el archipiélago de Juan Fernández.

Tras una discusión con el comandante, decidió que se bajaba allí mismo, y permaneció a su aire en la isla de Más Afuera (hoy isla Alexander Selkirk) de septiembre de 1704 al último día de enero de 1709. Aquella vida sin testigos, sin espejos, sin interlocutores, unidireccional, daría lugar, sin embargo, a diversas narraciones, entre las que también estaba el diccionario enciclopédico universal de todo aspirante a náufrago, el Corán de los solitarios del mundo (¡uníos!) a cargo de un comerciante textil que viajó por todo el mundo, que trabajó después como periodista y se consagró como escritor: Daniel Defoe y su Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante, que fue como se publico su RC en 1719, con esa pomposidad marketiniana de entonces.

Estos días de hoy, entre las páginas de los complementos dominicales (Crónica, El Mundo, 2 de octubre de 2005, pags 6 y 7) y algún recoveco pixelado de Periodista Digital, el lector se encuentra por sorpresa con noticias de islas, tesoros, selkirks y latitudes varias. Nadie ha visto nada, no hay fotos, ni en papel ni digitales, tampoco imágenes en movimiento, pero la noticia ya surca los mares de ambos hemisferios: el legendario tesoro, supuestamente oculto en la isla Robinson Crusoe, del archipiélago Juan Fernández, ha sido descubierto. 800 toneladas de oro, que al cambio, vienen a ser unos 10.000 millones de dólares.
Ante la noticia, le escribo un mail embotellado al autor de una de mis recientes lecturas de verano, que lleva por título precisamente La isla de Juan Fernández (Ediciones B) y confirma mis sospechas: “aquí hay gato encerrado desde hace años, a cargo de un Uribe Echevarría”.

En efecto, tal y como leo resacoso en el El Mundo, el tal Uribe Echevarría es un ambicioso empresario de Wagner Tecnologías, la compañía que ha organizado la expedición. Esta gente asegura haber encontrado el oro gracias a ‘Arturito’, un irrisorio aparatejo de una sofisticación años setenta que parece sacado de un corto de juventud de Alex de la Iglesia. Esta tecnología chilena, estrellita de sheriff de plástico, funciona por lo visto con métodos también peliculeros, de películas de serie B, por no decir Z: “reactor atómico”, “cañon de grafito que dispara rayos gamma”, “perfil logarítmico”…. Si ya huele todo a trola trapera, con no sé yo qué turbios fines, hay que tener en cuenta también a otro personaje en toda esta trama filibusteril del siglo XXI: Bernard Keiser. Se trata de un yanki multimillonario que se pasó a soñador por hacer algo, y que lleva gastados 3 kilos de dólares y unos diez, años, con sus intermitencias, en infructuosa búsqueda del citado tesoro. Y si Keiser no lo ha encontrado, me cuesta creer que ‘Arturito’ lo haya hecho con cuatro rayos gamma. Porque, de momento, la verdad, de estar en alguna parte, o no está, o está bajo tierra.

Mientras tanto, la remota isla (o archipiélago) a 700 de Valparaíso (Chile) se ha llenado en los últimos días de buscatesoros con bermudas, que andan por ahí aprovisionándose de “picos, palas, mapas, brújulas y hasta dinamita”. A mí todo este corrimiento de tierras me ha servido para viajar hasta la estantería y releer algunas páginas hermosas de este diario de viajes y robinsonismo que firma ese náufrago de tierra adentro que es MSO: “El robinsonismo es una forma de rebeldía, sí, pero también una forma de deserción, de abandonar la lucha necesaria en la que estamos todos”.

Habría que hablar mejor de selkirkismo, pero eso ya es ponerse muy estupendo y menos estético, para eso está la literatura: queda mejor robinsonismo, desde luego. Y ese robinsonismo como una legítima opción al retiro, a encerrarse en un calentito iglú a completar sudokus, a escuchar Radio Clásica cuando son las dos en punto una hora menos en Canarias, a esconderse entre los “blancos” del periódico, a buscar la actualidad en la isla de Juan Fernández, y no en el Perejil. Sentirse libres por un rato, como los inmigrantes con fronteras que gritan eufóricos por las calles de Melilla. Arriesgado, poco rentable y ademas está mal visto esto de las fugas, pero necesario también para ciertas supervivencias.

Al principio cuesta, se sufren los embates de la más negra melancolía, el frío de vestirse con cuatro harapos, uno habla solo por miedo a enloquecer, y se aferra a la esperanza, de que el clima borrascoso de los mares del sur escampe. Luego todo mejora. Reproduzco lo que a su vez reprodujo MSO en su compendio naufraguil. Son las palabras del abate don Antonio Marqués y Espejo, sobre la vida cotidiana de Alexander Selkirk en la isla: “(…) Las tales ratas le venían á roer los pies y los vestidos miéntras el dormia; para libertarse de ellas se valió del medio de dar á los gatos buenos pedazos de cabra, lo que les hizo tan familiares, que á centenares venian á acostarse al rededor de su cabaña, y así le libráron prontamente de sus enemigos comunes. De modo, que por un efecto de la providencia, y por la fuerza de la juventud (…) se puso en estado de vencer todos los inconvenientes de su triste soledad; y vivió allí á su gusto.”
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5 comentarios

Elsa -

Es en comunicación con los demás como crecemos, creo yo. No hace falta el contacto físico, también estás con alguien cuando lees su libro, o su blog, o si ves algo que ha pintado, o rodado...
Y así sí que mola vivir, si no, qué rollo, metida en un puro yo+naturaleza, dándole todo el día al ombliguismo...
Siempre te encuentras con algún que otro tonto, pero hasta de los tontos se aprende algo, aunque sea "cómo no llegar a ser un tonto", jeje...

érase una vez -

Escapar a una isla, bien, pero tiene un precio: ¿Qué hacer con esa completa libertad?
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ashley -

me gusta el concepto de fernando, me recuerda a cierto algoritmo vital que me hizo naufragar una vez en un río lleno de mandriles con el culo pelao. lo siento, son las 8, levo 12 horas currando y mis neuronas sólo alcanzan a saludar fugazmente al naúfrago. saludado está

fernando theshop -

Está muy bien eso de vivir al gusto de uno, en soledad y por efecto de la providencia, pero no deja de ser una forma más de que los demás te condicionen. ¿Acaso el Robinson voluntario no huye de ellos? Respecto al otro, al ke esta alli por accidente, siempre termina encontrando alguna aspiracion tan social y urbanita como encontrar un tesoro, convertirse en el rey de la isla o en el totem de una pandilla de tios con taparrabos. Como diría Houllebecq, la isla es una posibilidad pero (añado) no hace falta irse miles de kilómetros para buscarla: o has estado siempre en ella o nunca la encontraras

Pichafloja -

eso de ser naufrago no me convence, es dar la espalda a la vida, de cobardes, vamos, esta muy bien lo de encerrarse en una isla, ¿y luego que?
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